Radio Educativa de la Consejería de Educación y Empleo de la Junta de Extremadura

Poemas Inconclusos

Relato encadenado (grupo1)

relato 1

Hay una chica de ojos indescriptibles y deseos fuertes divagando por una lúgubre calle. Puede que aspire a tirar un fósforo encendido al tiempo perdido para solo quedar en sus manos momentos vividos, o puede que tan solo deambule pensando en el próximo poema inconcluso que va a escribir porque ¿de qué otra forma se puede vivir? Si no es de poemas inconclusos sería de

(Alejandra Caballero, B1D)

cuentos sin un final feliz o de relatos que no cuentan historias.

La poesía no es solo una forma de escribir, sino es una escapada de la realidad; una forma de expresar felicidad, tristeza, miedo… Para ella los poemas eran algo más, un estilo de vida. No le gustaba mucho la gente, ella vivía en sus fantasías y sus poemas de amor sin rumbo. Cuando no estaba componiendo poemas, estaba componiendo canciones; le gustaba mucho la música y tocaba el piano. Vivía en un pequeño pueblo de Asturias llamado Lastres. Le gustaban mucho la naturaleza y los animales. Su casa era muy pequeña pero con mucho encanto. Era una casa en las afueras del pueblo. Tenía un salón con una pequeña chimenea de leña para calentarse en invierno y un pequeño sofá de cuero. En una habitación, no muy lejos del salón, dormían ella y su hermana. En la habitación de al lado dormía su madre.

(Sergio Castro, 1ºESO G)

O quizás vivía sola, a lo mejor no tenía una hermana a la que molestar ni una madre a la que admirar. Tal vez ni siquiera vivía en un sitio fijo. Tal vez no tenía eso a lo que muchos llaman hogar. O probablemente pecaba de pertenecer a una familia numerosa.

El caso es que la chica de ojos indescriptibles era todo un misterio oscuro y enrevesado. Siempre callada, con la mirada gacha y un aura sombría difuminada sobre su ser. Nadie la conoce, nadie la ha oído hablar jamás y nunca la han visto dos veces. Nadie conoce su historia, ni lo que vivió, vive y vivirá.

Era un enigma convertido en persona, cuyos pies descalzos la llevaban a todos los rincones del mundo. La gente se escandalizaba al ver aquellas pequeñas extremidades desnudas pisando el suelo sucio y desgastado. Pero, ¿por qué asustarse de algo que no volverían a ver jamás? La muchacha se caracterizaba por su pelo corto y alborotado, en una mano llevaba una pequeña libreta de poemas sin terminar, y en la otra una flor marchita.

Su comienzo era desconocido, al igual que su destino; sin embargo, no paraba de caminar con desgano.

(Triana Corbacho, B1D)

Iba andando por las calles mirando a las personas que había a su alrededor, personas que serían su inspiración para escribir sus poemas. Un conjunto de estrofas que no tendrían un final ya que nuestra protagonista, conocida como Ash, no tendría el tiempo suficiente como para terminarlo al fijarse en gente que realizaba su vida diaria normalmente en el pueblo en el que se encontraba en ese preciso momento.

Ash podía resultar un tanto peculiar ante los ojos de las personas, y no es que la impresión que transmita esté muy alejada de lo que ocurría en su vida. No se fijaba en una persona porque sí, sino que tenía una finalidad, la de hacer sus poemas eternos en el tiempo al dejárselos en el pecho a quien había sido su inspiración una vez el cuerpo de dicho individuo yacía sin vida en el suelo. Esa era la razón principal por la que no les daba un final a sus poemas, porque el final se lo daría ella al arrebatarle la vida a quien había sido su inspiración. Es decir, todos sus poemas acababan igual pero aún así todos eran diferentes al anterior.

En este momento, Ash se encuentra sentada abrazándose sus piernas con la espalda apoyada en la pared de un edificio desde el que se ve una plaza que solo es iluminada por los rayos de la Luna.

(Paula Guerra Lozano – 4º ESO H)

Abundaba el silencio en las estrechas calles por donde deambulaba, y poco a poco perdía aquellos diminutos atisbos de esperanza y la energía que confluía en su cuerpo desaparecía. Ya había perdido su propia noción del tiempo, y, sin darse cuenta, su cuerpo yacía desmayado en medio del camino que dividía su descuidado recinto de un bosque de cedros marchitos. Cuando despertó, su expresión lo decía todo. Ante sus ojos inexpresivos se divisaba a lo lejos un oscuro páramo donde se hallaban numerosos quebrantahuesos en busca de alimento. No tardó en darse cuenta de que la buscaban a ella, y no se percató del porqué se encontraban aquellas aves similares a buitres en el sendero por el que se encontraba su estadía.

(José Berjano – 4º ESO H)

Por primera vez, Ash sintió miedo. El gran círculo de aves que la rodeaban era imponente. Un escalofrío recorrió su esquelético cuerpo y sus manos le temblaban como si se fueran a romper. Sentía la muerte a sus espaldas y recordó a aquellas personas a las que dedicó poemas inconclusos y, por primera vez, entendió lo que ella misma provocaba en la gente que, con miedo, durante tantos años la miraban. Ahora el poema se lo escribían a ella, ella era la protagonista. Sin embargo, de pronto, algo sucedió. La bandada de quebrantahuesos pareció desplazarse hacia otro lugar. Tenían otro objetivo y no era más que un enorme buey que yacía muerto a lo lejos, en una finca de grandes dimensiones. Ash sintió curiosidad por aquel lugar. Le era familiar. Caminó siguiendo un estrecho y poco visible sendero en dirección a aquella finca. Según se acercaba, pudo observar que la finca estaba coronada por una enorme casa de grandes columnas y alargadas ventanas. Tras unos minutos, Ash llegó a la gran verja que daba paso a la misteriosa finca. Estaba abierta, por lo que Ash, movida por su curiosidad, se adentró en ella para seguir descubriendo aquel lugar.

(Hugo Marín – 1ºESO G)

Al entrar, se dio cuenta de que era un portal, uno a donde le llevaba a su libreta y a medida que avanzaba, le invadía lo que escribió. En la primera hoja, escribió sobre una frase que le gustó; “La vida no trata de sobrevivir a la tormenta, sino de bailar bajo la lluvia”. Y a partir de eso escribió un poema breve:

“Los truenos aparecen con la densa lluvia

que prohíbe el poder caminar seco,

el viento aúlla

pidiendo por una libertad no concedida;

todos se refugian,

pero yo sigo mi camino y no aúlla el viento,

él aúlla conmigo.

Las gotas caen sin cesar,

la música es mi amigo;

mientras el cielo llora,

mis pasos no paran,

solo sigo,

le ofrezco el consuelo

por no haber sido querido,

porque no hay peor amar

que hacerlo y no haberlo recibido.”

Había tantas letras, frases, poemas; parecía un laberinto sin fin. A medida que iba pasando, leyó lo que una vez escribió.

“Tanto dolor en miradas ajenas

que tiembla el mundo a su paso,

la vida está llena de espinas

que marchitan el alma y la vida

como una rosa malherida.”

“Te vi sonreír,

era de esas sonrisas que no se olvidan,

tan rotas pero llenas de vida

se veían tus agallas al caminar,

pisabas fuerte,

sin divagar;

no sé qué me gustó más

si tu corazón roto o tus ganas de luchar.”

(Elena Moreno – B1D)

Inclinó su cabeza y contempló su flor, la flor que una vez había estado exuberante de vitalidad. Ash conservaba esa flor porque, en cierto sentido, se parecía a ella. Un ser que, con el miedo y la crueldad de la sociedad, se fue marchitando con el tiempo.

Cada vez que a Ash le ocurría algo malo y su alma se fragmentaba más, la flor se marchitaba más y más. Sus poemas eran su salvación, pues sentía que a través de ellos podía transmitir sus más profundos sentimientos. Cada vez que lo hacía, la flor cobraba un poco de vida. Ash, tenía un sueño, y era dar esta flor a alguien, una vez que la flor hubiese cobrado toda su vitalidad.

Antes de que se diera cuenta, ya había entrado al portal que conducía a su libreta. No tardó en arrepentirse, traumas del pasado, miedos comenzaron a atormentarla. Estaba ahora en pleno enfrentamiento, contra sus más profundos miedos.

(Kei Rguez. Hachimaru – 4º ESO H)

Comenzó a llorar. Lloraba y lloraba cada vez más fuerte. No estaba preparada para semejante tormenta de desdichas. Todo aquello que fue escondiendo, que fue reprimiendo en aquel cuaderno, explotó. Ya no podía soportar tanto peso sobre sus cansados hombros, tanto dolor, tanto sufrimiento. Aquellos desagradables recuerdos que había intentado olvidar, todos los miedos que había ignorado por tantos años, en aquel mismo instante cobraron vida. Sin duda, aquello era una venganza, un castigo. Había llegado el momento de que sufriera por tanta angustia y tantos traumas reprimidos.

Aquel cuaderno que siempre consideró un fiel compañero en la vida, se había convertido en su peor enemigo. Ya no podía ignorar la realidad, ya no podía seguir fingiendo. Porque todo aquello de lo que había huido durante tanto tiempo, estaba ahí y no había forma de escapar.

Ash se desplomó en el suelo bruscamente, con su flor marchita entre las manos. Aquella flor era lo único que le quedaba, lo único que sabía que jamás la traicionaría. La apretó contra su pecho y cerró los ojos. ¿Qué podía hacer? ¿Acaso era aquel su final?

(Teresa Sánchez – 2º ESO E)

En ese momento de alboroto hubo un momento de paz en su cabeza, recordó un poema que hizo tantos años atrás, en el que no le gustaba pensar porque fue el día que cambió toda su vida.

Ella se sentía feliz en ese momento, algo que era normal. Ese caluroso día de agosto su padre enfermó y dos días después falleció; desde ese día todo cambió para ella, todo lo veía gris y triste y desde eso empezó a escribir. Ahs se levantó del duro suelo, saltó la valla y regresó a su casa. Cuando llegó fue directamente a abrazar a su madre y sin decir palabra entró en su cuarto y cogió su libreta y empezó a arrancar las páginas una a una. Y al rato de quedarse sentada entre tantos poemas rotos decidió quemarlos en su chimenea. Se paró a ver cómo se quemaban todos, sus inseguridades, cargas y todos esos pensamientos que la ahogaban en un mar que se hizo ella sola.

Se quedó observando hasta que el fuego se apagó, giró la cabeza hacia la ventana y vio a una niña pequeña que estaba llorando, por un momento pensó en dejarla allí sola en la oscuridad de la noche. Salió de su casa con una capa y le dio la flor y se marchó sin decir palabra. Desde eso todo cambió y entendió que no debía acercarse al pasado.

(Elena Viguera – 1º ESO G)